Todo comienza con el propio disco. En su superficie hay un surco en espiral que va desde el borde hasta el centro. Ese surco no es liso: contiene microscópicas variaciones laterales y verticales que representan las ondas sonoras originales. Cuando una canción se graba, el sonido se convierte primero en una señal eléctrica y luego en movimientos mecánicos que tallan esas variaciones en un disco maestro. A partir de ese molde se prensan las copias en vinilo.
Al reproducirlo, una aguja muy fina, generalmente con punta de diamante o zafiro, se apoya dentro del surco. Mientras el disco gira a velocidad constante —33⅓ o 45 revoluciones por minuto en la mayoría de los casos— la aguja recorre ese camino en espiral. Las irregularidades del surco hacen que la aguja vibre exactamente con la misma forma que tuvieron las ondas sonoras originales.
Esas vibraciones pasan al cartucho fonocaptor, donde un sistema electromagnético las convierte en una señal eléctrica. En los sistemas más comunes, una pequeña bobina o un imán se mueve dentro de un campo magnético. Ese movimiento genera una corriente eléctrica proporcional a las vibraciones mecánicas, siguiendo las leyes de la inducción electromagnética descritas por Faraday.
La señal eléctrica resultante es muy débil, por lo que se amplifica antes de enviarse a los altavoces. Allí vuelve a transformarse en vibraciones del aire que nuestros oídos interpretan como música.
fuente: Redes





